Para su cuarta y última entrega, el ogro famoso de DreamWorks quedó en manos del director Mike Mitchell (Súper escuela de héroes), quien –tras el fracaso en taquilla y crítica de Shrek tercero– retomó el ingenio que caracterizaba a las dos primeras partes de Shrek y que brilló por su ausencia en la tercera. Sin embargo, no todo es “felices para siempre” en la tierra de Muy muy lejano: la fórmula aún se siente cansada; todo indica que la magia de la franquicia se ha desvanecido con el tiempo.
Aun así, el gran acierto del filme es el humor que maneja, irreverente y plagado de referencias culturales; lo que caracterizó a la franquicia desde el inicio.
“The Eclipse” es un curioso filme tan dramático y romántico como sobrenatural y terrorífico que, tras presentarse en el Festival de Cine de Tribeca, ha sido distribuido por Magnolia Pictures, una compañía muy a tener en cuenta de la que ya hemos comentado películas tan interesantes como la tierna “Wonderfuld World“, la arrebatadora y maravillosa “Io sono l’amore“, la sanadora “The Good Heart” o la bipolar “Two Lovers“.
Michael Farr (Cirián Hinds) es un viudo que saca a delante a sus dos hijos y a su suegro, que vive, a su pesar, en una residencia de ancianos.
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El neozelandés Martin Campbell es uno de esos artesanos a la vieja usanza que todavía pululan por un Hollywood lleno de falsos autores y cineastas serviles sin talento. Sin ser ni mucho menos un director con un mundo propio y reconocible, el realizador sí ha conseguido que gran parte de sus cintas siempre tengan una cierta dignidad, ausente en gran parte del cine comercial actual. Su carrera tiene algún título destacable (’Casino Royale’, ‘La máscara del zorro’), alguna medianía agradable (’Goldeneye’, ‘Límite vertical’) y algunos tropiezos no demasiado sonrojantes (’Amar peligrosamente’, ‘La leyenda del zorro’). Al límite nos vuelve a demostrar que es un cineasta sobrio, atento a las interpretaciones de los actores y no dado a modernidades superfluas.
No obstante, Campbell parte esta vez con ventaja: él fue el realizador de la serie de la BBC en la que se inspira el largometraje. El director parece a gusto moviéndose en este thriller sobre un policía que investiga la muerte de su hija y descubre una compleja trama relacionada con la Seguridad Nacional de Estados Unidos. El cineasta y sus guionistas se centran principalmente en los personajes y despachan de manera seca los momentos de acción. Es curioso que, frente a la espectacularización a la que estamos acostumbrados en el cine actual, el director y los guionistas apuesten por una acertada brusquedad. De esta manera, el asesinato de la hija del policía se liquida en escasos segundos y sin excesos melodramáticos. Igualmente el atropello de una de las amigas de la fallecida es decididamente imprevisto y crudo. Quizá el deseo de sus responsables sea hacer más una moderna película de cine negro, donde la descripción de tipos turbios y ambientes corruptos es tan importante que la propia acción, que en ofrecer un filme lleno de persecuciones y efectismos varios.
Dentro de este tono de sobriedad, Mel Gibson da una verdadera lección de cómo madurar frente a la cámara. El actor deja los tics de su juventud y su tendencia al histrionismo para interiorizar la angustia de un defensor de la ley que se salta las normas para hacer justicia contra aquellos que se encargaron de matar a su hija. En cierta manera, los guionistas, el director y el propio intérprete intentan que comprendamos que la venganza del protagonista está movida por el dolor y la indefensión frente a un sistema corrupto. Pese a la tentación de hacer un filme populista, la película no cae nunca el espíritu pseudofascista de muchos justicieros que poblaron algunas cintas de los setenta y ochenta. No hay en esta ocasión ningún ensalzamiento del ojo por ojo.
Sin embargo, aunque la película atesore más bondades que defectos, un cierto embaramiento a la hora de articular la oscura trama que investiga el personaje de Mel Gibson y un cursi final restan algunos puntos a este más que decente largometraje policiáco.

Para mí, ‘Mujeres Desesperadas’ formó parte de esa nueva generación de series que, junto con ‘Lost’, abrieron un nuevo horizonte de disfrute con las series venideras. A pesar de sus seis años y de otras tantas temporadas, conserva a su reparto original, con unas audiencias más que aceptables en estos tiempos de fragmentación televisiva y un argumento que sigue manteniendo su seña de identidad desde el primer capítulo.
No obstante, cuál es mi sorpresa cuando compruebo que, precisamente este tono perfectamente reconocible e identificativo de la serie es lo que, para la crítica estadounidense, supone que las tramas sean demasiado repetitivas, con un argumento lento, aburrido y predecible. Efectivamente, el hecho de ser un “drama” serializado obliga a una evolución de la historia que trascienda los capítulos autoconclusivos, pero de ahí a afirmar que la serie se encuentra estancada en “más de lo mismo” creo que hay un gran trecho.
Si bien es cierto que todas las temporadas se plantean de la misma manera con un nuevo misterio, debemos aceptar que también se compone de giros argumentales con un trasfondo emotivo que va más allá de la simple convivencia en un barrio residencial de EEUU. Cabe destacar el giro completo que se produjo al final de la cuarta temporada, cuando se dio un salto de cinco años que llevó a la serie a reinventarse a sí misma, con roles completamente diferentes de todas las protagonistas e historias que poco o nada tenían que ver con el pasado y que permitió deshacerse de antiguas tramas ya desgastadas.
La sexta temporada, además de plantearnos el misterio de rigor, nos ha dejado también algunas joyas que se alejan de ese supuesto “argumento predecible”. El accidente de avión en pleno barrio que cambió la vida de Bree nos tuvo en vilo durante todo el parón navideño hasta saber quienes eran las víctimas del fatal acontecimiento. Y tras volver de este parón, se nos ofreció un capítulo atípico que bien podríamos catalogar como uno de los mejores de la serie.
Los sueños de todas nuestras desesperadas sobre cómo podrían haber sido sus vidas en caso de una elección diferente en algún momento de sus vidas se transformaron en 40 minutos alejados de cualquier otra cosa que pudiéramos haber visto antes en la serie. El relato de toda una vida nos dejó unas actuaciones brillantes, y de entre ellas me gustaría destacar el papelón de Lynette (Felicity Huffman) intentando sacar adelante a su hijo.
Esta sexta temporada también ha recuperado la fuerza de los personajes secundarios que había creído perdida en la anterior temporada, con una Katherine (Dana Delany) inconmensurable en su papel de “loca desquiciada” demostrando a lo grande que la serie no se acaba en el cuarteto protagonista. De igual manera, la incorporación de nuevos personajes, como Julie Benz (Dexter) en el último capítulo emitido hasta el momento o la familia protagonista del misterio de la temporada, impide que caigamos en el sopor del “siempre lo mismo”, trayendo consigo nuevas tramas que, de una u otra manera, inciden en las vidas de nuestras desesperadas (que al fin y al cabo son las que nos importan).
Sin embargo, debo reconocer que algunas tramas comienzan a resultar especialmente cansinas, como los problemas de pareja de Tom y Lynette Scavo o los de Gabrielle en la educación de su hija Juanita. Pero como bien dijo Felicity hace unos días en una entrevista: “Es la misma gente, vivimos en la misma calle y llevamos ya seis años. No es que ahora vayamos a traer un extraterrestre“.
De momento, tenemos “desesperación” asegurada hasta 2011; a partir de ahí, las audiencias (que de momento acompañan) y el caché de su reparto serán los que se conviertan en los jueces de su renovación, y no la crítica. Mientras tanto, propongo que nos dediquemos a disfrutar de lo que tenga que ofrecernos la serie.