El circo de los extraños, además de no haber sido un éxito de taquilla (lo que va a impedir la producción de una secuela que sin duda estaba prevista), tampoco es una buena película. En su ansiedad por abarcar demasiados frentes (comedia de instituto, historia de amor, terror vampírico y paseo por un circo de freaks) para agradar a la mayor parte del público, termina por no conquistar ninguno y perder la batalla. Así que será preferible centrarse en la comparación con Crepúsculo, de la que resulta vencedora.Tanto la saga creada por Stephanie Meyer como esta, que firma Darren O’Saughnessy, son relatos de iniciación adolescente, que sitúan a su protagonista en el momento en que debe elegir entre el bien y el mal. Esto ya lo hemos visto recientemente en ese otro fenómeno que es Harry Potter, y antes que él existían Luke Skywalker y el reverso tenebroso de la fuerza en la famosa invención de George Lucas. Eso por no remontarnos a narraciones más originarias, en las que este punto de partida ya estaba presente.
Pero si hay algo que distingue a El circo de los extraños es su peculiar sentido del humor. La película no se resiste a los excesos, y transita por terrenos cercanos a la alucinación. Paul Weitz deja que intérpretes de carácter como John C. Reilly, Ken Watanabe o Willem Dafoe den rienda suelta a su inagotable batería de gestos. Mirando de reojo a los Freaks de Tod Browning, pero sin su peso dramático, la película se ve con cierto agrado aunque también con extrañeza.
Con todo ello, El circo de los extraños es superior a Crepúsculo. Su falta de seriedad (que se refleja en sus efectos especiales, premeditadamente cutres) y de complejos la hacen infinitamente más entretenida y disfrutable (atención a la secuencia con la araña en el instituto) que aquel ejemplo de cine pánfilo y desganado, el misterio de cuyo éxito solo conocen los adolescentes que siguen llenando las salas entrega tras entrega.





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